SERES MALDITOS. EL ORIGEN

Título : Seres Malditos: El Origen.
AUTOR : Eba Martín
GÉNERO : novela gótica
EDITORIAL : autopublicado
PÁGINAS : 427

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SINOPSIS
“Seres malditos. El origen” es una novela coral que presenta una galería de personajes sobrenaturales en un mundo urbano, cruel y caótico. Un vampiro atormentado, nigromantes, demonios y cambiaformas conviviendo con prostitutas y todo tipo de seres marginales.
El monstruo dentro del monstruo. El villano dentro del héroe y el héroe dentro del villano en una historia donde nada es lo que parece, que ahonda en la perspectiva del monstruo, en sus miedos e inseguridades, en sus defectos y virtudes. Codicia, crueldad y violencia; desesperación, soledad y dolor; y el humor y el
sexo como vías de escape.
Bienvenidos a un mundo de fantasía negra, en la que se mezclan el humor, el misterio, la ternura, el erotismo, la magia, el terror psicológico y el
suspense.

MIS IMPRESIONES
Me resistí bastante a la idea de leer esta saga. No suelo enredarme en ellas porque no tengo paciencia para esperar un desenlace y no me gusta quedarme a medias y con las ganas de seguir leyendo. Pero conozco el estilo de la autora y me gusta mucho. Todo lo demás que tenía publicado ya lo había leído, así que la decisión no tenía muchas opciones viables. Relecturas (que alguna cayó) o entrar en este mundo. No me arrepiento.
Se nos presentan una cantidad de personajes de lo más interesantes, pues lo que tenemos es una obra totalmente coral, y eso que personalmente odio a los vampiros y no me gustan las brujas. Quizás fuera otro de los motivos que me refrenaban. Pero he descubierto que dentro de ese mundo extraño de seres sobrenaturales aprovecha Eba para describir emociones y sentimientos plenamente humanos, todo un abanico de situaciones a las que se tienen que enfrentar con sus más y sus menos, cada uno según su propia personalidad. No estamos en un universo de malos y buenos donde todo es blanco o negro. Que va, hay multitud de grises por medio. Y eso es lo que me gusta sobre todas las cosas. Enamorarme de un personaje en un capítulo o situación, y odiarlo en el siguiente.
Los capítulos son cortos y en cada uno se nos va introduciendo en sus vidas, al principio puede parecer de forma aleatoria… Nada más lejos de la realidad. Sé que tiene una razón de ser pero me temo que voy a tener que avanzar más en la lectura de los siguientes volúmenes para poder atisbar la lógica. La encontraré.
Al igual que con los personajes, la historia nos mueve por diferentes realidades y épocas, nos deslizamos durante su lectura tanto por siglos pasados como por futuros, y por varias ciudades, tanto españolas como alguna que otra europea, e incluso se atreve con cameos de personajes reales, un guiño que hace todavía más interesante la lectura.
Recomiendo su lectura si te apetece leer algo gótico pero totalmente alejado de los clichés que más abundan en este tipo de novelas. Y aseguro al lector que quedará impresionado por la imaginación que se desborda página tras página.

Si la quieres leer, aquí la encontrarás. Y en este otro sitio, también.

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DESPIERTA

Se retuerce ante mis ojos, mudo, la lengua fuera de su boca. Leo en sus gestos el miedo. Su sangre, caliente, nos salpica. Intenta luchar, los espasmos provocan descoordinación en sus movimientos. ¡Me teme!
El cuchillo rasga su piel sin esfuerzo, separando capas, abriendo órganos. Las mariposas recorren mi vientre excitado y exaltado, ¿placer o venganza? Penetro y mutilo para ser testigo de la caída de esta bestia inmunda, que agoniza, y a la que no permitiré la paz ni muerta, pues me condeno a su lado para ello. Quizás pensó que ya me había doblegado, que era incapaz de reaccionar, que era suya. No, aguardaba mi momento. Hoy, esta tarde, esta cama, la posesión de esta arma afilada entre mis pertenencias son la clave.

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“No me vas a tocar nunca más, ni a mí, ni a nadie. Mírame bien; fui tu víctima, pero hoy y siempre seré tu verdugo.”

Microrrelato seleccionado y publicado en la Antología de la Editorial Círculo Rojo, “II Corcurso microrrelatos de terror”.

MONTAÑERAS

 

Durante la ascensión todo salió a pedir de boca. Coronamos la cima en el plazo previsto, quizás algo antes de lo que habíamos supuesto. Exhaustas y pletóricas. Marta estaba orgullosa, espectacular, se había demostrado capaz de ello. Su mirada azul emanaba seguridad y fe en sí misma. Nos hicimos las fotos de rigor, dos rubias en la cumbre, con un cielo despejado al fondo. Entusiasmadas, nos besamos, con el sol, las nubes y la nieve como testigos de nuestro amor. Un beso de tornillo a casi 4.000 metros de altitud, ¿quién puede presumir de algo así?

“Marta, estás preciosa a esta altura, incluso más que al nivel del mar”.

Después de esos minutos saboreando la victoria en los labios de mi novia, emprendimos el descenso. Marta seguía borracha de euforia. No me di cuenta a tiempo, fue culpa mía. No debí dejarla ir primera. Tendría que haberla mentalizado antes de empezar a bajar. Yo soy la experta; ella, la aprendiza. La concentración es primordial, básica. Quizás unos minutos más en la cresta, antes de iniciarlo. Ya es tarde para poner remedio. He fallado. He fallado a quien más quiero.

Lo siguiente que recuerdo fue caer. El paso por la cornisa estaba casi superado. De pronto, la nada bajo nuestros pies. La chimenea se abrió al pasar por encima de lo que parecía una acumulación de nieve y hielo estable. El golpe sordo de Marta al estrellarse, estremecedor; el mío, casi simultáneo. Precipitada sobre mi chica. Arrastradas por acción de la gravedad varios metros. La boca del planeta engulléndonos por nuestro atrevimiento.
Negro a nuestro alrededor.
Luego, mucho blanco.

“¿Marta? ¿Estás ahí?”

Dentro del agujero, ahora, todo es oscuro. Oscuro y níveo. Así de contradictorio. La pared por la que nos despeñamos, casi vertical. Hay sangre en mi cabeza. Hay sangre en la de Marta. Hay sangre en el hielo. Es nuestra sangre, tiñendo la superficie. Una respiración intranquila resuena en la cavidad. Acelerada. Es la mía. No me había percatado de ello hasta este preciso momento.

“Marta, ¿estás bien?”.

No sé cuánto tiempo ha pasado. Estoy harta de mirar a mi alrededor y no ver nada…
No hay día o noche. No distingo.
Blanco inmaculado y hielo.
Blanco roto. Yo, rota. Marta, rota.
La roca abrupta nos ha tragado.
Odio el blanco.

“Si algún día nos casamos, Marta, lo haré de rojo, te lo prometo. Sí, ya sé que, como proposición, ni ha quedado romántico, ni estamos ahora para pensar en eso”.

El frío atenaza mis extremidades, temblorosas. Las corrientes de aire me acarician y mi mandíbula no puede dejar de temblar. Ha bajado la temperatura, lo siento. Y mucho. El frío me abraza y me causa repulsión. Me falta ropa, echo en falta tu calor, tu cuerpo, tu cariño.

La cabeza me juega malas pasadas. Trae recuerdos que no deseo. Quiero que el frio me deje, que me olvide, que me pase a través y que desaparezca rápido. Igual que quería que aquel desgraciado me dejara, todas las veces que me poseía. Desaparecer. Olvídame.

“¿Sientes este frio, Marta? Nunca lo había percibido tan intenso, ¿lo ves? ¿Puedes tú verlo? Dime que no es cierto, dime que no está aquí, acechándome”.

Las terminaciones nerviosas de mis dedos ya no existen, no tengo tacto. Apenas veo, está oscureciendo. Lo presiento cada vez más encima, más pegado. Parece que la ropa ya no es impedimento y sus apéndices helados recorren mi cuerpo. Como antes. Asco. Déjame. Vete. No puedes estar aquí. ¡Vete!

“Nos va a pillar aquí dentro la noche, Marta, y sin un fuego al que acudir para calentarnos. ¿Por qué no me respondes?”.

Lancé las bengalas hace horas. Miro hacia arriba y solo veo nieve. Apenas pasa luz a través de la esquirla por la que caímos. Y la grieta parece cerrarse más y más, boca saciada tras un copioso banquete.

“Marta, empiezo a estar muy nerviosa. Han pasado muchas horas”.

No llega nadie. No va a llegar nadie en nuestra ayuda. Él se regodea, lo presiento. La bestia. Vuelve. Con el frío. Su sombra cada vez más cerca, su sonrisa igual de blanca que la nieve que nos envuelve. Su aliento en mi nuca, contra la pared. Me cerca, así lo hacía antes. Pero esta vez no volveré a ser suya. Nunca más, no voy a dejarme atrapar. Ahora no soy la niña que era entonces.

En el refugio ya se tienen que haber percatado que faltamos. ¿Es que no nos echan en falta? ¿A nadie le extraña que no hayamos vuelto?

“Marta, no se han dado cuenta que no estamos”.

Me arrastro, usando las últimas fuerzas que me quedan. Hasta ella. Centímetro a centímetro, cubro la poca distancia que nos separaba. Duele demasiado, todo. Mi cuerpo es enemigo, no quiere obedecer. Quiero estar más cerca. Quiero compartir con Marta el calor, mi vida, solo otro abrazo.

“Bésame, Marta. Bésame de nuevo, como cuando estábamos arriba, en lo más alto. Allí él no nos podía alcanzar”.

Escucho el viento gélido que me traspasa, me susurra y tiemblo, pero no por su efecto glacial, sino por lo que me dice. La voz en la nieve es tan clara como la recuerdo. Su voz. Los reflejos en el hielo tienen esa fisonomía que tanto odio y que jamás dejaré de despreciar. Cierro los ojos para no verlo.

“¿Dónde estás, conejito? No te escondas, no te va a servir de nada y lo sabes”.

Acurrucada en un rincón, al lado de Marta, sollozo como en aquel entonces. Me estremezco, giro la cabeza de un lado a otro, intento averiguar desde dónde me atacará mi pesadilla. Desesperación conocida que creí superada. Me refugio en ti, Amor mío. Protégeme.

“No lo escuches, Marta, no lo hagas. No voy a dejar que se te acerque”.

Pobre Marta, está fría como un témpano. Sus ojos azules miran al infinito. Hace rato dejó de temblar. Dejó de respirar. Por fuerte que la abrace no noto el palpitar de su corazón. Por mucho que haga por escuchar… Nada.

“Marta no me dejes sola con él. Marta no quiero que me coja en este agujero”.

“MARTA…”

Relato seleccionado y publicado en la Antología “Delirios terroríficos”, disponible en Amazon tanto en versión ebook como libro físico. 

TENEBROSA DISTRACCIÓN 

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En ocasiones, una extraña sensación invade los sentidos del pequeño Ricardo Cambra. A pesar de su corta edad, intuye que lo mejor es ocultar esos deseos si no quiere verse en problemas. Esconde sus divertimentos.

Cuando llega el momento, no puede más que actuar como su mente le guía. Sin titubeos. Sin dudas. Hace lo que debe, lo que su voz interior ordena. Se deleita buscando y encontrando esa satisfacción.

Curioso, observa los cadáveres aplastados en el suelo, ante sí. Expuestos, algunos con sus vísceras fuera de lugar, explícito paisaje rojo sangre cubriendo la arena. Sin vergüenza ni venganza alguna. Para qué. Ya no sirven. Hay algo de decepción en su mueca. Se acabó la diversión.

Con la punta de las uñas se atreve a separar uno del resto. Lo acerca. Lo huele. Lo toca con las yemas. Está caliente. Descubrir el tacto tibio que emana provoca un escalofrío de placer a lo largo de su espalda. En sus ojos inhumanos se refleja que el ansia por torturar ya ha quedado saciado. Por ahora.

Mira a los lados, asegurando que no hay testigos. Toma el cuerpo restante y lo mete bajo la camisa. Escondido. Protegido. Para luego. Para cuando vuelva a tener hambre de mal y mal de hambre.

En su cabeza elucubra nuevos juegos con los que atormentarlo. En casa, con las tijeras, podrá abrir en canal de pecho a bajo vientre; indagar. La piedra fue útil para quebrar cráneos y huesos. Despellejó torso y cola de otro cuando aún chillaba. Esparció el interior de un tercero a sus pies, y saltó sobre los órganos, haciéndolos explotar por la presión ejercida.

Este último, el resguardado junto a su corazón, aún respira. Ojalá llegue con un atisbo de vida que arrancar, para más tarde.

Ricardito sonríe al cielo, camino a casa, y esa sonrisa hiela el viento.

VISITA NOCTURNA

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En verano, es imposible dormir con las ventanas cerradas. El calor del día se acumula dentro del piso y la sensación de bochorno es insoportable. Rebeca, con la suave brisa que atraviesa su habitación, por la corriente provocada, duerme tranquila. Sueña con bosques verdes y un riachuelo de aguas cristalinas en el que se sumerge, deleitándose en el momento de relax. La paz y sosiego que no le acompañan despierta, los consigue dormida.

Su sueño, de pronto, se enturbia. Un sonido extraño, similar al movimiento eólico que provoca un tornado, pero en menor medida, se cuela entre sus fantasías nocturnas.

Rebeca se sienta en la cama y concentra sus sentidos. No es sueño, no, sino real, lo que escucha. Con temor busca las zapatillas bajo la cama y se encamina hacia la puerta del dormitorio. El pasillo está en silencio, así que avanza al salón. Temerosa, mira a un lado y otro de la estancia, intentando averiguar el motivo, y sobre todo, de dónde viene, ese extraño sonido.

—La polilla entró por la ventana del salón. Está aquí, en algún lugar —explica, temerosa, a su interlocutor, al otro lado de la línea telefónica.

—Solo es una polilla. No puede ser tan terrible —intenta tranquilizarla éste.

—Y una leche, es enorme. Tiene que serlo. He escuchado el aleteo desde mi dormitorio, ¡hay dos tabiques de distancia!

—Eso es imposible.

—¡Ay, Dios! ¡La he visto! Está colgada de la cortina. Es como un murciélago de grande. Es espeluznante, marrón y negra. Por favor…

—Son las cuatro de la madrugada, Rebeca.

—Es un monstruo. Es horrible. Ahora mira hacia aquí, joder. Me está mirando. Tienes que hacer algo.

—Relájate y vuelve a dormir. Cierra esa puerta y lo soluciono mañana.

—¡No es un bicho normal y corriente! Me ha despertado el ruido que hace volando desde la otra habitación. Es como un helicóptero. Eso es una mutación genética, no puede ser creación de la naturaleza. Tiene una calavera dibujada entre las alas, es un engendro demoniaco.

—Pero querida…

—Por favor, no me hagas suplicar —murmura ella, con un hilo de voz.

—Esta bien, voy a tu casa. En 12 minutos estoy ahí. —afirma él, resignado con su recién adquirido papel de caballero andante salvador de damas en apuros. Lo bien que estaba en su cama, durmiendo. No tendría que haber descolgado.

—¿Tanto tardarás? —pregunta, aterrada.

—No quiero una multa de velocidad por culpa de una maldita polilla, Rebeca. ¿Podrás sobrevivir?

—Lo intento. Pero ven rápido. Hasta ahora.

 

¡CORRE!

Apolo y Dafne”, de Gian Lorenzo Bernini

Corre, te va la vida en ello. Nunca imaginaste que el destino te pondría en semejante situación. Salta ese montículo, es fundamental no perder ahí pie. Cuidado con el riachuelo, puedes caer. Mejor deja esos zapatos, molestan más que ayudan. Que se pudran ahí, ¿o me vas a decir que son más importantes que la propia vida? ¡Olvídalos! ¡No, no vuelvas a buscarlos! Sí, claro, esos taconazos te sientan genial, combinan con todo y los compraste de rebajas al 80%, una ganga demasiado buena como para abandonarlos a su suerte, en ese bosque lúgubre y maldito. ¡Idiota, te la estás jugando!

¡Es tu momento, es vital! Respira hondo, siente tu corazón desbocado. Va a mil por hora, revolucionado, para o entrarás en colapso. Y eso no trae nada bueno. Tranquiliza los nervios, te están jugando una mala pasada.

Presta atención a las ramas, te estás dejando la piel a trizas, eso tiene que doler. Pido mucho, lo entiendo, no es posible huir con cuidado, pero es que no te falta mucho. Cuando llegues al final de ese recodo, lo verás; justo delante. Ahí, te estoy indicando dónde está la salida, tan sólo escúchame. La salvación la tienes ya muy cerca, si cuerpo y mente perseveran. Si consigues llegar a ese punto, lo habrás logrado.

Respira, otra vez. Sí, soy pesado, lo sé, pero haz caso, hincha tus pulmones, con cuidado, recuerda, una hiperventilación no te conviene. Eso no va a ayudarte a escapar.

Un último esfuerzo, tú puedes. Si no luchas ahora, todo habrá sido para nada. Si no llegas hasta ese recodo, pierdes la vida.

¡No mires atrás!  
¡Pierdes un tiempo precioso!  
¡Te va a ver!  
Tarde, te vio… Ahora deberás correr aún mas rápido.  
¡Está detrás tuyo!  
¡Tienes que ser más veloz!  
¡Huye!  

Busca dónde esconderte; entre la maleza no, es posible que ahí te encuentre, ¿y detrás de aquel muro? No, no, no. ¿Ese cobertizo? Es el peor lugar en el que podrías haberlo hecho. Ahí no te metas, no tienes salida. Ahora estás acorralada, cómo has podido ser tan estúpida. 

Te lo pido por favor, serénate, haz algo por salvar tu existencia. Éste no puede ser tu fin. 

Por un momento pensé que eras la protagonista y ahora me siento decepcionado. No hay forma, en este tipo de películas, la primera rubia espectacular que aparece, es la primera en ser asesinada.

UNA NOCHE EN PRAHA

 

En 2011, durante el puente de Todos los Santos, fuimos a visitar Praga, por aprovechar tres días seguidos, que rara vez los disfrutamos en el sector en el que trabajo.
Nos alojamos en un hotelito encantador, una especie de palacete del siglo XVIII, reconvertido para ese fin, erigido en el centro de la ciudad.

Aunque nos pusieron una cuna para nuestro hijo, que en aquel entonces tenía apenas dos años, dormimos los tres juntos, pues así lo solíamos hacer también en casa.
De madrugada, sentí unas manos sobre mi rostro, y una voz que suplicaba que me despertara.

—Duerme, Mikel. Es de noche, está muy oscuro aún—susurré sin abrir los ojos, tan sólo apartando las manitas que tenía en la cara.
Él seguía susurrándome mientras peinaba mis cabellos con sus dedos. Escuché su risa, y decirme que por favor jugara un poco, que hacía mucho que nadie jugaba con él, y lo echaba en falta. Que deseaba tener una mamá como yo.
Me negaba a despertar, el día había sido intenso, y me sentía demasiado cansada para lidiar con mi pequeño. Noté la manta descender, destapándome y dejando tan sólo una sábana sobre mí.

Hacía tanto frío que por un momento creí que algo en la calefacción no funcionaba correctamente.

—Hace mucho frío aquí, Mikel, vuelve a la cama. Enfermarás.
Algo en mi mente hizo click, como un resorte, al escucharme pronunciar esas últimas palabras, y recuperé en parte la consciencia. En aquella especie de duermevela que a veces se siente, caí en la cuenta de algo.

Mi hijo dormía en el centro de la cama, entre mi marido y yo. Así lo habíamos decidido para evitar caídas, puesto que en ese dormitorio, por la distribución, no había opción a pegarla contra la pared. Así que no era posible que la voz y las manos que me acariciaban vinieran de ese lado en concreto. Y por otra parte, un cuerpo pequeño y caliente estaba a mi lado izquierdo.

Confirmé mis sospechas, abriendo los ojos y tocando el cuerpecito profundamente dormido, que mi hijo estaba en el centro, donde se suponía debía estar. No era Mikel, entonces, quien me hablaba.

Giré la cabeza sobresaltada, muy poco a poco. Delante de mí, al lado de la cama, un niño algo mayor que mi hijo me miraba fijamente. Su vestimenta extraña no me sorprendió. Llevaba un traje que bien podía haber salido de cualquier cuadro de Velázquez, barroco, con ese característico cuello enorme y terciopelo oscuro por todas partes.

Mi corazón bombeó sangre a una velocidad el triple de la habitual. Mi respiración, entrecortada e incontrolable, me ponía sobre aviso. Mis dientes empezaron a castañear, todavía no sé si por miedo o frío, o quizás por ambos motivos. Me abracé a mi misma en un intento de protegerme y darme calor, mientras la figura se acercaba.
Únicamente acerté a ahogar un grito entre las sábanas, por no despertar a mi familia. El rostro angelical se transformó ante mí, tornando en diabólico su aspecto. Sus ojos, rojos por la ira, me miraron justo un segundo antes de difuminarse y desaparecer.

— No eres diferente al resto. Todas me odiáis. ¡Nadie quiere quedarse aquí conmigo! —gritó a dos milímetros de mi rostro.

El pánico se apoderaba en unos segundos de mi alma y el miedo paralizó cualquier movimiento. Durante unos minutos me mantuve alerta, recostada en la cama, expectante. Observando a uno y otro lado de la cama. Rememorando lo que acababa de vivir. Recuperé el control del cuerpo, esto no podía ser otra cosa más que un sueño. Recogí la manta, pues la sábana no resultaba suficiente, y cubrí mis piernas, erizadas por el frío que aún sentía muy adentro de mí.

No volvió las siguientes noches a reclamar mi atención, esperé despierta un tiempo prudencial cada una de ellas, aterrada. No conté a mi familia lo sucedido, no quise echar a perder el viaje.
Estuvo presente, pero sin mostrarse, pues por las mañanas encontrábamos varios juguetes fuera de lugar. Sobre todo un cochecito metálico, que solía aparecer sobre mi almohada.  En parte me hubiera gustado saber quién era, conocer su historia. El miedo que en un primer momento sentí había dejado paso a la curiosidad.

El día que nos fuimos, al recoger todas nuestras pertenencias, no pude evitar dejar su juguete favorito sobre la almohada, para que lo encontrara una vez la noche estuviera echada.

Con el tiempo, me convencí que fue tan sólo un sueño. Un mal sueño y ya está.
Hasta hoy, lunes 31 de Octubre de 2016, cinco años más tarde. El mismo aire helado me ha despertado. En mi cama ya no están ni mi hijo, ya mayor para compartirla, ni un marido que me acompañe. Aquel cochecito metálico ha caído sobre mi pecho, lo he reconocido al instante, al abrir los ojos. Una voz conocida, a mi izquierda, ha murmurado unas palabras.

—Ya no voy a dejar que me abandones. Serás mi mamá desde hoy, para siempre.