Memento Mori, de Benjamín Ruiz

TÍTULO : Memento Mori
AUTOR : Benjamín Ruiz
GÉNERO : terror
EDITORIAL : Alma Negra Editorial
PÁGINAS : 216

SINOPSIS
Esta es la historia de Christian Álvarez, un hombre que vivirá la semana más terrorífica de su vida en Villa Grande, un lugar que «no está nada cuerdo. A veces se contrae y a veces se estira, pero casi nunca se está quieto. Donde los sueños son infinitos y los relojes marchan hacia atrás».
Una casa casi tan antigua como el mal que la habita, y a la que Christian deberá enfrentarse durante siete días de locura. Y lo que es peor: tendrá que mirar de frente a los fantasmas de su pasado, un pasado que su mente no quiere recordar.
Bienvenido a Villa Grande. Es muy fácil entrar. No tanto, salir…

MIS IMPRESIONES
Empecé a leer esta novela de noche, cuando todo está en silencio y a oscuras en mi casa, como debe ser con este tipo de lecturas, inocente de mí. A pesar de lo enganchada que quedé a la trama desde sus primeras páginas, no podía seguir. Miedo del bueno. Por si a los fantasmas se les ocurría traspasar las fronteras de las letras, pospuse su lectura a la mañana siguiente. Y entonces sí, la devoré de cabo a rabo y sin miramientos. No me sorprende, pues es algo que este autor me provoca con sus libros, y ya estoy acostumbrada a ello.
El ambiente de casa encantada está muy bien logrado, el terror se desprende en cada elemento, sea constructivo o mueble. Es la propia casa la que se adueña del protagonismo de esta historia, quedando relegados casi a segundo plano los simples seres humanos, sin menospreciarlos, claro. Ella tiene más carisma sola que todos los personajes juntos, y eso me ha dejado impresionada.
Finalmente, acompañan a la narración las habituales alusiones de Benjamin a sus fuentes, lecturas y música con las que comparte su vida e inspiran a la vez que completan su obra. Magnífico. Una gran lectura que no va a defraudarte.

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DURO SUEÑO

¿Es posible sentir, prácticamente experimentar, unos labios sobre los míos mientras duermo? Juro que lo hago. Y no solo eso. Siento también el tacto de unas manos que me recorren por entero. Desde la nuca bajan por mi espalda, giran en la cintura y las noto descansar sobre mi pecho. Me altera la respiración, con sus caricias y sus besos en mi cuello. Me muerde con suavidad en las orejas, en los labios. Introduce la lengua en el interior de la cavidad de mi boca. Mi corazón empieza a bombear la sangre con fuerza, excitado. Noto como se acumula en cierta parte de mi cuerpo.
Las primeras veces que esto me sucedió no le di mayor importancia. Lo típico, la habitual erección mañanera. Masturbación en la ducha, café con leche para empezar el día, y problema solucionado.
Después de varios días con esas extrañas sensaciones en la piel, con alguna que otra desafortunada explosión que me obligaba a cambiar las sábanas más a menudo de lo que suelo, las extrañas vivencias nocturnas empezaron a inquietarme. Esos sueños, tan vividos, tan reales, me despertaban durante la noche, a cualquier hora. Excitado hasta la médula.
Empecé a pensar en ello más seriamente, tras dos semanas seguidas con el mismo sueño recurrente. No entiendo muy bien a qué se debe. No voy mal follado, soy un tipo con suerte. No soy feo, tampoco un adonis, pero cuido mi cuerpo y lo mantengo en forma, tengo una gracia y forma de hablar que al sexo contrario llama la atención; suelo tratarlas bien, y de tanto en tanto me llevo una buena sesión de sexo con la partenaire de turno. Nada de relaciones serias, eso sí. Soy un alma libre. Ellas lo saben y lo aceptan.
Por otra parte, tengo un par de chicas, más o menos fijas, buenas amigas. Con derechos. Si ellas quieren y yo también, compartimos algo más que secretos. Hay confianza.
Y luego los clásicos rollos fugaces. Aquellas mujeres que entran y salen rápido de mi presente, que no encuentran lugar donde quedarse en mi pasado, que son olvidadas antes de la siguiente, y que, por supuesto, no van a formar parte en mi futuro. No acostumbro a pasar la noche con una amante fortuita, voy a lo que vamos y para dormir tengo mi casa. Anoche conocí una hermosa cubana que me dejó seco. O eso pensé yo al abandonar su lecho a las cuatro de la mañana, con un beso en la mejilla y un simple “nos vemos, linda”.
Me restan apenas tres horas de descanso. Estoy agotado. Me quedaría en la cama, al menos, tres horas más, o incluso cuatro. Quiero seguir durmiendo, y vuelvo a cerrar los ojos. Doy varias vueltas, buscando postura y momento. Duermo.
Y vuelve el sueño. Una presencia que orbita a mi alrededor, que se posa en el lado izquierdo del lecho y que se introduce bajo las sábanas, sobre mi cuerpo. Es tan real como la propia tela que nos cubre. Un aliento en la mejilla, ardiente, es la segunda sensación vivida. Después, el peso de un cuerpo que se pega por completo a mí, ¿Duermo o no? Hay momentos que la duda me atenaza, pero no abro los ojos. No quiero descubrirlo.
Una mano se posa sobre mi cintura, sensación que se acompaña de cosquilleo en la nuca. Suave. Como cuando alguien sopla, sensual. La mano se distrae unos segundos jugueteando con mi vello púbico. Después de eso, baja un poco. No acostumbro a usar ropa interior en la cama, así que no tardo en sentir el tacto sobre mí. Acaricia mi glande, pues la erección es ya más que patente. Masajea con lo que parecen dos dedos. Tímido. Lento. Excelente. Pasional. Excitante, quisiera más. Y como si algo o alguien me leyera la mente, actúa. Directo. Me pierdo en un interior húmedo y caliente. Me aprisiona provocando un enorme placer. Crezco aún más en ella. Si no fuera porque es imposible, diría que es una lengua y el interior de una boca quienes juegan con mi miembro. Eso me evoca la sensación, a tal extremo llega. Entonces, todo para. Pasan unos pocos segundos. Abro los ojos y los cierro. No es posible. No me puedo mover. Algo me impide levantarme, una fuerza desconocida me mantiene horizontal y a su merced.
Comienza el baile, uno que conozco bien. Poco a poco, me hundo en un entorno cálido, prisionero del placer. El contacto más pleno. ¿Es Sueño? ¿Parálisis o alucinación? ¿Acaso puede serlo? No, es imposible.
Abro los ojos y la veo sobre mí. El rostro más bello que jamás antes había visto, enmarcado por una cabellera más que rubia, casi albina, larguísima que inunda mi pecho. Recorro con mis dedos ese cabello, desde la raíz hasta las puntas, a la altura de sus caderas, donde deposito mis manos un instante.
Su mirada, tan vacía como extraña, no me causa temor. No entonces.
Sus pechos son dos monumentos dignos de alabanza. Muero por saborearlos y obligo a la figura a acercarse lo suficiente para ofrecérmelos, a la altura de mi boca, que sin dilación aprovecha el manjar dispuesto.
Beso.
Chupo.
Muerdo.
Saboreo.
Ella acelera el ritmo de su movimiento. Mis envites, a pesar de quedar supeditados a sus deseos, se descontrolan. La recorro, su piel arde. Con las manos sobre ambos pezones, duros y rosados, siento llegar su poderoso orgasmo. Las convulsiones de su vagina provocan el mío propio. Irremediable. Irrefrenable. Sincronizados.
Me vacío en ella como si llevara siglos sin una buena corrida. Ella sonríe ante mi rostro, y desaparece. Me deja rendido, sudando, con el placer recorriéndome cada centímetro de piel que estuvo en contacto con la suya.
¿De verdad puede ser esto un sueño?
Hoy será un largo día, ya quiero que vuelva a ser de noche…

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GIRASOL, SOL, SOL


Quisiera correr, agacharme, saltar. No puedo. ¿Acaso estoy pegado al suelo? Mis movimientos son apenas una diferencia de postura, un leve arqueo del tronco, por mucho que me esfuerce. Así, día tras día. Desidia. ¿Por qué no me muevo?

“Recuerda”, me digo. Apenas llega la información a mi alma confusa. “Tienes que hacerlo, puedes”, me animo. Consigo algunos datos, me emociono. Pedaleaba con fuerza. Aire en mi rostro. La inclinación de la pendiente era fuerte, pero siempre fui un tipo al que le gustaron los retos. Concentrado en la subida, Cuerpo, Mente y Máquina acompañaban intereses. Hasta que llegó el ruido sordo, el golpe seco, sirenas y luces.

Ahora, la Paz. El Sol sale cada mañana. Es cierto, la reencarnación existe, pero… ¿No había más opciones? ¿Un Girasol?

 

UNA NOCHE EN PRAHA

 

En 2011, durante el puente de Todos los Santos, fuimos a visitar Praga, por aprovechar tres días seguidos, que rara vez los disfrutamos en el sector en el que trabajo.
Nos alojamos en un hotelito encantador, una especie de palacete del siglo XVIII, reconvertido para ese fin, erigido en el centro de la ciudad.

Aunque nos pusieron una cuna para nuestro hijo, que en aquel entonces tenía apenas dos años, dormimos los tres juntos, pues así lo solíamos hacer también en casa.
De madrugada, sentí unas manos sobre mi rostro, y una voz que suplicaba que me despertara.

—Duerme, Mikel. Es de noche, está muy oscuro aún—susurré sin abrir los ojos, tan sólo apartando las manitas que tenía en la cara.
Él seguía susurrándome mientras peinaba mis cabellos con sus dedos. Escuché su risa, y decirme que por favor jugara un poco, que hacía mucho que nadie jugaba con él, y lo echaba en falta. Que deseaba tener una mamá como yo.
Me negaba a despertar, el día había sido intenso, y me sentía demasiado cansada para lidiar con mi pequeño. Noté la manta descender, destapándome y dejando tan sólo una sábana sobre mí.

Hacía tanto frío que por un momento creí que algo en la calefacción no funcionaba correctamente.

—Hace mucho frío aquí, Mikel, vuelve a la cama. Enfermarás.
Algo en mi mente hizo click, como un resorte, al escucharme pronunciar esas últimas palabras, y recuperé en parte la consciencia. En aquella especie de duermevela que a veces se siente, caí en la cuenta de algo.

Mi hijo dormía en el centro de la cama, entre mi marido y yo. Así lo habíamos decidido para evitar caídas, puesto que en ese dormitorio, por la distribución, no había opción a pegarla contra la pared. Así que no era posible que la voz y las manos que me acariciaban vinieran de ese lado en concreto. Y por otra parte, un cuerpo pequeño y caliente estaba a mi lado izquierdo.

Confirmé mis sospechas, abriendo los ojos y tocando el cuerpecito profundamente dormido, que mi hijo estaba en el centro, donde se suponía debía estar. No era Mikel, entonces, quien me hablaba.

Giré la cabeza sobresaltada, muy poco a poco. Delante de mí, al lado de la cama, un niño algo mayor que mi hijo me miraba fijamente. Su vestimenta extraña no me sorprendió. Llevaba un traje que bien podía haber salido de cualquier cuadro de Velázquez, barroco, con ese característico cuello enorme y terciopelo oscuro por todas partes.

Mi corazón bombeó sangre a una velocidad el triple de la habitual. Mi respiración, entrecortada e incontrolable, me ponía sobre aviso. Mis dientes empezaron a castañear, todavía no sé si por miedo o frío, o quizás por ambos motivos. Me abracé a mi misma en un intento de protegerme y darme calor, mientras la figura se acercaba.
Únicamente acerté a ahogar un grito entre las sábanas, por no despertar a mi familia. El rostro angelical se transformó ante mí, tornando en diabólico su aspecto. Sus ojos, rojos por la ira, me miraron justo un segundo antes de difuminarse y desaparecer.

— No eres diferente al resto. Todas me odiáis. ¡Nadie quiere quedarse aquí conmigo! —gritó a dos milímetros de mi rostro.

El pánico se apoderaba en unos segundos de mi alma y el miedo paralizó cualquier movimiento. Durante unos minutos me mantuve alerta, recostada en la cama, expectante. Observando a uno y otro lado de la cama. Rememorando lo que acababa de vivir. Recuperé el control del cuerpo, esto no podía ser otra cosa más que un sueño. Recogí la manta, pues la sábana no resultaba suficiente, y cubrí mis piernas, erizadas por el frío que aún sentía muy adentro de mí.

No volvió las siguientes noches a reclamar mi atención, esperé despierta un tiempo prudencial cada una de ellas, aterrada. No conté a mi familia lo sucedido, no quise echar a perder el viaje.
Estuvo presente, pero sin mostrarse, pues por las mañanas encontrábamos varios juguetes fuera de lugar. Sobre todo un cochecito metálico, que solía aparecer sobre mi almohada.  En parte me hubiera gustado saber quién era, conocer su historia. El miedo que en un primer momento sentí había dejado paso a la curiosidad.

El día que nos fuimos, al recoger todas nuestras pertenencias, no pude evitar dejar su juguete favorito sobre la almohada, para que lo encontrara una vez la noche estuviera echada.

Con el tiempo, me convencí que fue tan sólo un sueño. Un mal sueño y ya está.
Hasta hoy, lunes 31 de Octubre de 2016, cinco años más tarde. El mismo aire helado me ha despertado. En mi cama ya no están ni mi hijo, ya mayor para compartirla, ni un marido que me acompañe. Aquel cochecito metálico ha caído sobre mi pecho, lo he reconocido al instante, al abrir los ojos. Una voz conocida, a mi izquierda, ha murmurado unas palabras.

—Ya no voy a dejar que me abandones. Serás mi mamá desde hoy, para siempre.