Fuego

Acuarela de Alina Maksimenko

 

Cómplice amante, desnuda mi alma, siembra en mi piel cicatrices de besos. Dirige el concierto de mis suspiros, maneja a tu antojo el deseado anhelo.

Repite cada caricia, acrecenta pasiones y cuando el clímax invada nuestros cuerpos,

dame refugio en tu ahogado silencio.

Busquemos entre las sábanas cobijo, que no venga el alba a despertar el día, que no venga el sueño a impedir el fuego.

Nubes en mis Pensamientos #palabrasalviento @zendalibros

Hoy he soñado con perder las ligaduras que me tienen atrapada. Que mi alma se unía a su destino y que eso me llenaba de paz. Que en mi cabeza todo volvía a tener sentido y que no eran imaginaciones, ni sensaciones auto infligidas, ni desesperación, mis sentimientos. Ni locura ni cordura, solo yo. 

Suelo soñar que vuelo y escapo, que una ráfaga de viento me eleva por encima de todo, de todos, del mundo. Sueño y vuelo en las tardes calurosas del mes de julio, cuando todos echan la consabida siesta porque el sol quema la piel y enrojece rostros y espaldas. No a mí, que planeo entorno y rodeando, bailando alrededor y respirando esos rayos que me tocan pero no me dañan. 

Me pierdo entre las nubes, me deslizo entre las minúsculas gotas que las conforman, bebiendo de ellas. Saboreando el aire. Creía cuando era pequeña que tendría gusto a sal, porque bien es agua de mar evaporada en esencia, y no. Las nubes son dulces y suaves, y abrigan. Estoy segura. Volveré en invierno para comprobarlo. 

Me evaporo e imito su textura, me desmaterializo con una finalidad, planeo tomando las corrientes, que me envuelven en su abrazo protector. Me llevan a lugares desconocidos, sitios en los que nunca estuve, tiempos que no viví, y a los amores desconocidos que atrapan mi alma y que jamás experimentaré. 

Hoy he soñado que leía, que volaba, que escribía y que me seguías sin cuestionarme. Hoy me he sentido feliz y triste a la vez. Feliz por la liberación que eso supone. Triste por lo que dejo atrás y no recuperaré.

Si todos los finales tienen que ser tristes, lo ignoro, pero así siento. Y dejo de volar. 

Desazón 

Orbito en el lecho vacío de apego, mezclo sinsabores a amor, a sexo, a lástima y a recuerdos. La fantasía creada para deleite de mis sentidos esta cada día más caduca. Sinsentido de sentimientos, ignoro la causa que los provoca y conozco la que los mantiene vivos. Perdura en mi mente, quizás más enferma de lo que debiera la razón permitir. 

Arrastro mi pena y me saltan lágrimas por los muertos de mi corazón. No es una pena que deseo a nadie. Fluctúo entre el ser y el estar. Permanezco a sabiendas que el dolor no me hará más fuerte, ni mejor, ni sabia. 

Atravieso este mar que me condena, mi mar. El que yo he creado. En ocasiones, más de las que debería, también, pienso para mí, “¡rebélate, revuélvete contra ello, tu puedes, tu lo creaste!”, pero no es así. Mentira. El poder no lo ostento yo, me sobrepasó ya hace mucho. Demasiado para luchar en contra. 

SUS GRITOS

Me acababa de trasladar a ese edificio, en una pequeña ciudad y dispuesto a un nuevo comienzo. Para disminuir las posibilidades de entablar relaciones decidí vivir de noche y dormir de día, siguiendo mi modus operandi habitual: evitar conversaciones con el vecindario,  comprar por Internet y pedir la entrega en el nuevo apartamento. No estaba en mi mejor momento. 

Hace casi dos semanas estaba haciendo mi habitual rutina de ejercicios cuando oí ruido fuera, en el rellano. Malditas paredes de papel, todo se escucha. No soy hombre curioso, pero el escándalo me llevó hasta la puerta de entrada y acerqué la vista a la mirilla. Nada, pero el griterío y los golpes parecían cercanos. 

Una sensación extraña, más fuerte que la habitual discreción que me caracterizaba, me obligó esa noche a poner la mano sobre el pomo, y abrir la puerta. Asomado al descansillo, ni un alma, y nadie más parecía molesto por los gritos a las dos de la madrugada, sólo yo. Me acerqué a la puerta con sigilo. Aún se podía escuchar algo. Apoyé mi mano en la madera, y acto seguido, mi oído. Había alguien ahí, una respiración entrecortada, una especie de sollozo ahogado. 

Mi cordura decidió hacer acto de presencia, y desandando los pasos, entré de nuevo en mi supuesto hogar, cerrando la puerta con llave. No tenía tiempo de averiguar qué había pasado, además que me importaba un bledo. Bastante trabajo tenía, con todo por desembalar, pues apenas sí había sacado lo más imprescindible. 

Entonces, recuerdo que el sonido de un alarido desgarrador de mujer, el abrirse de una cerradura y un fuerte portazo llamaron mi atención. Y no pude resistirme a asomar la vista una vez más. Esa maldita puerta se abría, dejando paso libre a una hermosa muchacha vestida con un camisón largo de seda color marfil. Cabellos dorados, figura quizás demasiado delgada para mi gusto, casi esquelética. Unos enormes ojos azul cielo parecían observarme, como si supiera que estaba ahí, mirando a escondidas. «Imaginaciones mías, eso no es posible», pensé entonces. 

La figura llevó su dedo índice a la boca, pidiendo silencio. Acto seguido, me señaló e hizo una extraña mueca, un gesto que denotaba miedo. Después se dio la vuelta y de un salto volvió a su apartamento, cerrando con un golpe seco. «Estos vecinos están mal de la cabeza», certifiqué que había tenido una sabía decisión evitando la convivencia, «mejor no entrar en tratos con esta gente». 

La noche siguiente, casi a la misma hora, de nuevo los golpes. Me empezaba a imaginar el motivo por el cual el importe del alquiler del apartamento había sido tan por debajo del precio de mercado. En esa ocasión no salí. Me habían tocado los vecinos raros, y punto. Si seguían así no me quedaría más remedio que hablar con la inmobiliaria y cambiar de piso, o incluso de edificio. 

Unos toques en la puerta me distrajeron de mis pensamientos. Insistentes, repetitivos, tamborileaban una y otra vez contra la madera. Tuve que acudir, no cesaban. Era la chiquilla del día anterior, al otro lado. Su mirada suplicaba mi atención. Casi podía escuchar un «sal, por favor» escapando entre sus labios, aunque no podría asegurar si no era una voz en mi cabeza. Me conmovió con sus ojos azules, llorosos, solicitando mi ayuda. No despegué más que unos pocos segundos mi vista de ella, pero al abrir la puerta, ya no estaba. Tras un primer momento de confusión, me eché en cara la estupidez suprema que estaba demostrando. Seguro que estaría en estos momentos mirando por su mirilla y riéndose de su vecinito nuevo. 

Desde entonces, cada noche, a la misma hora, la misma historia. Si no hago caso a los golpes, éstos se intensifican. No entiendo cómo el resto de vecinos no se queja. Cuando abro la puerta, ya no está. A través de la mirilla la observo mirarme, plantada ante mí, con su expresión triste, asustada, frágil, perdida. No estoy ya para juegos de niños, así que hoy cambiaremos los papeles. 

Después de su ya habitual ritual de golpes, lloros, gritos y portazos, llamo a su puerta y, cómo no, al otro lado, no hay respuesta. Insisto. Tal y como haría ella. Golpeo su puerta y llamo al timbre. 

—¡Usted! —escucho tras de mí. Un señor en pijama y bata, me observa con mala cara— ¿Es que no sabe qué hora es? A las 2:25h. no es momento de estar con golpes a las puertas. Pare o llamo a las autoridades. 

—Llevo varias noches soportando los golpes que dan a mi puerta, ¿y justo hoy molesta? ¿El día que decido que ya es hora de pedir explicaciones? 

—No sé de qué me habla. Ahí no vive nadie. Ese apartamento no ha vuelto a ser alquilado desde aquel triste incidente. Apareció una muchacha muerta. Por lo visto ahí vivía con un hombre que la maltrataba. Ni ella dijo nunca nada, ni nadie se interesó por averiguar. Y por cierto, en el tuyo, los que entran no pasan más de un mes. Por favor, deja de hacer ruido y vuelve adentro. 

—Eso no es posible. Cada noche escucho gritos y golpes que vienen de detrás de esta puerta.

—Le repito, señor, que ahí hace ya más de seis años que no vive nadie. Deje de armar escándalo.

—¿Desde su piso no escucharon nada extraño las últimas noches?  —pregunto al hombre que parece tener cada minuto que pasa menos paciencia. Un escalofrío me recorre de arriba abajo.

—Por supuesto que no. Sólo está noche, y son sus golpes, precisamente. —responde él, casi escupiendo sus palabras. — Mira, no quieras tener problemas. Vete a casa,  cierra esa puerta y deja de hacer ruido.

—¿Y cierro la puerta? ¿Hago ver que no sucede nada? ¿eso fue lo que aquí hicieron? ¿ponerse la venda en los ojos, los tapones en los oídos y disimular? Sí, me imagino que eso fue todo lo que usted hizo.

Te he perdido


En pocos minutos se me escapó lo más preciado que poseía. 

Llegó un buen día de improviso, me pilló desorientada y confiada. Arraigó en mi corazón y se hizo un espacio. Sin darme cuenta. Sin apreciar su magnitud. Ignorante del basto poder que le estaba atribuyendo, sin saberlo.

Más tarde, y sin pedir permiso, decidió salir de mi vida. Sentí como una fuerza extraña lo arrancaba de mi interior, sin importar mis esfuerzos por retenerlo, y me dejaba sangrando sobre el suelo de arena, húmeda la piel por la sangre y las lágrimas. Derrumbada y derrotada. Agarrotados mis miembros, inmóviles y desahuciados.

Los sueños no deberían traspasar la realidad. Siempre llega el momento de despertar, y cuando esto sucede, el dolor es indescriptible. 

Mi cabeza estalla, mis ojos escuecen, mis labios tiemblan. Es la tristeza, que esta vez no viene de visita. Esta vez viene para quedarse una buena temporada. 

Me desmonto como un puzzle, mis piezas caen sobre el suelo y se esparcen. Recolocar cada una en su lugar me va a costar mucho tiempo, ese preciado bien que me resulta siempre escaso y siempre alterable y voluble.

Quizás llegó la primavera, pero dentro de mi corazón el invierno sigue reinando con fuerza. 

Ambos somos Culpables

Me seduce con mirada clara e inseguridad latente en ella. 

Me tiene con apenas tres palabras, “te deseo tanto”, que susurradas al oído hacen que mi corazón estalle y un relámpago de placer me recorra, a la vez que sus manos. 

Intento pensar, procuro razonar y me recito los porqué no debería seguir con esto. No lo consigo. 

El tacto de sus dedos, trabajados, rugosos, me recuerdan que está acostumbrado al trabajo duro. Bajan atropelladas desde mi cuello hasta mis nalgas, pasando, con toda la suavidad de la que son capaces esas maltratadas manos, por casi la totalidad de mi anatomía. Acrecentado, a su paso, el anhelo de mi cuerpo sobre el suyo. Multiplicada, de forma exponencial, mi necesidad ante la suya. Explícita y apremiante.

—¿Quieres? —pregunta sobre la piel enrojecida y ardiente de mis mejillas, palabras que son suspiros encendidos que queman, a la vez que arrastran a despojarme de mis temores. Me guía con seguridad hasta el borde de la cama, situada en el centro de la estancia, lugar dónde toma asiento y abraza mi vientre desnudo.

Con las manos enlazadas me guía y posiciona a su lado, sobre ese bendito lecho que es testigo de nuestro frenesí fugaz y sensual. En sus labios bebo la pasión desbordada de nuestras almas. Un beso largo e intenso que atrapa. Imposible dejar de disfrutarlo. 

La separación de sus labios atormenta a mi boca hambrienta de su sonrisa, sedienta de su néctar. Su mirada me suplica más, que lo acompañe, que le permita mostrarme de lo que son capaces dos almas enamoradas. Y atiendo a esa llamada, pues no hay poder lo suficientemente grande en este mundo que me limite para negarme. No hay motivo que consiga hacerme entrar en razón y separarme de él. Sin pensar más en ello, ni en las consecuencias, me aproximo hasta quedar sobre su cuerpo. 

Seguimos con nuestro baile de suspiros, besos y caricias. En silencio y sin palabras de amor. Conexión profunda de dos cuerpos latiendo unidos.  En comunión de respiración, ritmo y sensaciones. Con la vista el uno fija en el otro, para no perder un detalle del placer entregado. Llegar al éxtasis ansiado, natural como inspirar y expirar, incontrolable. 

No ha sido algo planeado o intencional. No. Más bien el fluir de un sentimiento desbocado al que no quisimos poner frenos.

Veo culpabilidad en sus ojos, la debilidad de quién se entrega a un postre prohibido.  

¿Es un error? Seguro. Pero es un error del que no me arrepiento. No podía resistir más ante lo inevitable. 

Lo siento, pero no lo siento, Amor mío. 

 

Larga Ausencia 



Deben saber que en esta historia hago un experimento. Escribir y describir a base de puro diálogo.. Escritores de la talla de Saramago, José Luis Guelbenzú y Ernesto Mallo lo usan y se entiende perfectamente. Autores como David Hall en Barcelona Skyline (policial) escribe con guiones, pero todo seguido. Obviando descripción. Obviando situar al lector, se intenta que el que lee aporte también su atención y complete la experiencia. Y sin más preámbulos, ahí va…  

Has vuelto.

Tenía que hacerlo, linda.

A estas alturas, pensé que me habrías olvidado.

¿Olvidarte? Jamás. ¿No es cierto que el sol sale cada mañana? Me dije y te escribí que volvería por ti.

Pero ha pasado mucho tiempo.

Lo sé. 

No supe como esperarte.

Lo entiendo.

No tenía nada a lo que aferrarme.

Sí, es verdad.

¿Y qué se supone que debemos hacer ahora?

No lo sé. Me prometí volver a buscarte. Eso he hecho. 

¡Pero es que llegas muy tarde!

Bueno, entonces, entiendo que no te alegras de volver a verme. 

No es eso, claro que me alegro. Fuiste alguien muy importante en mi vida. Me diste alas. Pero me las entregaste y me dejaste sola. Sin enseñarme primero a volar. Y me he pegado bastantes batacazos en este tiempo. 

Tuve que hacerlo. Era una locura quedarme, las consecuencias si me capturaban sabes que podrían ser nefastas. Decidí sobrevivir. 

Te esperé cada día, durante varios meses. Me sentaba en esta estación y veía pasar los trenes. Uno tras otro, durante más de media hora. Nunca apareciste.

Lo siento mucho. Debería haber sido más sincero contigo. Las implicaciones que tenía estar a mi lado… En lugar de eso, te aparté. No me habría perdonado ponerte en una situación difícil. 

Me casé. Tengo hijos.

Vaya. Enhorabuena, aunque sea tarde para felicitaciones. Por la boda y por los niños.

No seas cínico.

¿Y qué haces aquí?

Nunca he dejado de acudir. Cada martes, a esta hora. No te esperaba, pero ya tengo el hábito cogido. Me resulta imposible marcharme sin haber visto pasar, al menos, 3 trenes. 

Fue muy duro abandonarte. Abandonar el país. Empezar de cero en otro lugar. 

Si, ya… El drama del refugiado.

Ahora la cínica eres tú. 

Pues sí. No te voy a quitar la razón. Pero no ha sido fácil sobrellevar la situación. Al principio fue muy duro.

Cada día me despertaba pensando que debería haberte llevado conmigo. El último día que nos vimos ya sabía que en horas iba a huir. Pero no me atreví a decirte nada. Fui muy cobarde. Tú parecías tan dichosa, me relatabas tus planes para el futuro, ¿recuerdas? Había demasiada ilusión en tus ojos, no podía ponerte en esa tesitura.

¿Y qué pintaba yo en México? No. Yo no me habría separado de los míos. Y, además, estaban mis sueños. Aunque quizás si habría renunciado… No lo sé. Ahora es muy fácil decir lo que habría o no hecho, a posteriori.

Si te hubiera planteado la situación, te habría obligado a escoger. Sabes que no era mi estilo. Me lo habrías echado en cara toda la vida.

Bueno, eso es relativo. Te he echado en cara el haberme dejado, pero no estabas aquí para saberlo.

Vuelves a estar en lo cierto. Siempre fuiste una mujer muy lista. Ahora explícame: ¿Cómo sabes que estuve en México?

Lo supe hace algunos años. Un conocido común, familia lejana tuya, en realidad, lo averigüé ese día. Coincidí con esa persona en un velatorio, imagina, y me contó de ti. Me dijo que fue allí dónde huiste. No sabía de nuestra estrecha relación, no quise desvelar nada ante parte de tu familia, cosas del destino. Pero no era lugar ni momento, y ya nada importaba. 

Bueno, ahora ya no hay peligro. Se acabaron los años oscuros de la dictadura y la represión.

Me toca a mí, creo. Quid pro quo. ¿Cuándo volviste? 

Hace un par de meses. Estuve un tiempo en Santiago de Compostela, arreglando unos temas. Negocios, tedioso en extremo. Hace dos semanas que estoy en Barcelona. 

Vaya. Te ha costado localizarme.

No. Nunca te he perdido la pista. Lo que me ha costado sobremanera es reunir el valor para acercarme a ti. 

Te he echado mucho de menos, ni lo imaginas.

Pero ya estoy aquí. Dispuesto, si tú quieres, a continuar lo que dejamos a medias.

¿Estás loco? Ha pasado mucho tiempo. 

Pues me miras con el mismo brillo en la mirada que entonces.

Una mirada bordeada de arrugas.

Yo también tengo arrugas, y el pelo cano. El tiempo es inexorable. Para ambos ha pasado por igual. Aunque tú estás estupenda, no aparentas ni por asomo tu edad.

Siento no poder decir lo mismo. 

Mira, ya empiezas a meterte conmigo, igual que antes. No han cambiado demasiado las cosas entre nosotros, ¿lo ves?

No razonas. No se puede posponer el amor. No podemos volver a entonces, y seguir ahora con lo nuestro, sin más. Sí han pasado muchas cosas. Yo, sin ir más lejos, me casé y tengo hijos.

Tus hijos son ya mayores, y tu marido murió hace tres años.

¿Cómo lo sabes? 

Siempre te seguí la pista, siempre. Siempre estuve a tu lado, aún lejos. 

¿Es que has estado vigilándome en las sombras durante toda mi vida? Me estoy empezando a enfadar mucho, te lo advierto.

No te he vigilado. Pero sí he tenido mis contactos. Me han informado cuando pasaba algo relevante en tu vida. Me mantuve accesible a las personas que podían darme referencias tuyas. 

Eso es casi enfermizo. Me estoy asustando. 

No. No debes temer nada. No a mí, al menos. Jamás te haría daño.

Error. Lo hiciste. El dolor me acompañó durante muchos años. 

Ya te dije que lo sentía. Tengo la sensación de haber tirado por la borda mi vida, de haberla malgastado, lejos de ti. Sé que no puedo recuperar todo ese tiempo perdido, pero me gustaría saber si podemos revitalizar aquellos sentimientos. Al verte hoy, todos mis sentidos se han puesto sobre alerta. Me he sentido igual que entonces, hace tantos años. Incluso creo que mi corazón ha empezado a latir con el empeño en que lo hacía, fíjate. Estás ahora incluso más bonita. 

No, no me toques. No es el lugar ni el momento. 

Pues vayamos a otro lugar donde podamos seguir hablando. ¿Podemos seguir hablando? ¿Prefieres que me vaya, descansar, recuperarte de la sorpresa, y quedar mañana?

No lo sé.

No volveré a desaparecer. Nunca más. No pienso irme a ninguna parte…  Te he visto sonreir, no lo puedes disimular. Nunca fuiste buena actriz. ¿Quieres seguir hablando conmigo? Puedo sentir en tus gestos que sí.

Sigues tan observador como antes. Hay cosas que nunca cambiaran, ¿verdad?

Exacto.

Tampoco aceptarás una negativa a volver a vernos, me imagino.

Estás en lo cierto, linda. Veo que recuerdas lo obstinado que fui, y que sigo siendo. 

De acuerdo. Ahora debería marcharme. Pero nos veremos mañana. ¿Recuerdas el café en el que solíamos tomar chocolate con churros el último invierno antes de que te marcharas?

¿No me digas que existe ese local, después de tantos años?

No. El edificio no resistió los últimos bombardeos. Fue demolido lo poco que quedó de él, cuando las cosas se calmaron y el país volvió a la “normalidad”. Pero un poco más adelante, en esa misma acera, hay otra cafetería muy coqueta. No he entrado nunca, pero parece muy acogedor. Se llama “Café Cabaret”, hace esquina y se ve su interior por los amplios ventanales.

Allí estaré. Dime a qué hora.

A las seis de la tarde. No, mejor a las seis y media. Nos vemos.

¿Puedo darte un beso como despedida?

De acuerdo. Me alegro de verte, de verdad. No pienses que no es así. Me alegro, y mucho. Solo que no lo esperaba.

¿Sabes qué? Hueles tan bien como recordaba. Nos vemos mañana a las seis y media.


Hola. ¿Hace mucho que esperas? Me entretuve con uno de mis hijos, lo siento.

No te apures. Llegué muy pronto. Me cansé de dar vueltas a la manzana y decidí entrar.

No, no es necesario que te levantes…

Por supuesto que sí. La educación la mantengo intacta. No seré yo quien no retire al asiento a una dama y le ayude a acomodarse. Un sitio muy bonito, como dijiste. Y tranquilo.

Siempre fuiste un caballero, es cierto. Y de trato agradable.

¿Y qué va a tomar la señora?

Un café solo, por favor. Bueno, pues ya me tienes aquí. Dispuesta a escuchar lo que me quieres decir.

Ahora no sé cómo empezar.

Pues como todo, comienza por el principio. ¿Si te pregunto algunas cosas me contestarás con sinceridad?

Por supuesto.

¿Tienes familia? Quiero decir… ¿has formado una familia?

No. No me mires con esa cara. No te estoy diciendo que no rehiciese mi vida, ni que haya vivido como un monje en el retiro de un monasterio. Hubo un par de mujeres importantes en mi vida, pero no formamos familia. Con la primera se intentó, pero no hubo manera. Con la segunda no me interesó tenerla.

¿Fuiste feliz?

En cierto modo, lo fui. Aunque siempre te extrañé y te pensaba. Tú sí te esposaste. No tardaste demasiado.

¿Intentas decirme algo?

No, no te apures, no te pongas a la defensiva. Entiendo que no ha sonado muy bien, conforme salían las palabras de mi boca, me iba arrepintiendo… Lo siento. No era eso que piensas lo que pretendía decir.

¿Ah, no? Pues me sonó a reproche.

No, por favor. No soy yo el más indicado para reprochar nada. Te abandoné de la noche a la mañana. ¿Qué ibas a hacer tú? Pues lo normal, seguir con tu vida.

Sabes que recibía una gran presión familiar para casarme con ese hombre. Muchos negocios iban a ser cerrados en torno a esa boda, te lo conté en su día. Nuestras familias estaban en absoluto acuerdo. Él estaba enamorado de mí.

Y yo me desaparecí.

Y tú desapareciste. Te marchaste. Me lo dijo uno de aquellos amigos tuyos a los pocos días, después de buscarte por todos los rincones que recordaba solías vagar, y después de muchas lágrimas vertidas a su suerte sobre el suelo.

Lo siento.

Todos los “lo siento” que ahora me digas no lograran que olvide aquel dolor en el alma. No me sirven ya para nada, ¿no entiendes?

Me lo merezco. Tienes razón. La muestra de mi arrepentimiento llega demasiado tarde. Cambiemos de tema, o acabaremos mal.

Bien. Cambiemos de tema. ¿Y qué te ha traído de nuevo por España? ¿Solo la muerte de la dictadura?

Siempre amé mi país. Por eso mismo no podía quedarme en la situación en que quedaba tras la guerra civil. Mis implicaciones políticas me habrían llevado a la cárcel o a algo peor. Llevo años siguiendo el curso de nuestra historia. Veo que en el día de hoy se avecinan cambios. Quiero ser parte de ellos.

¿Y vienes, entonces, para quedarte?

Sí. He vendido mi hacienda en México y liquidado allí todos mis negocios. Me he despedido de los amigos que me han ayudado durante estos años. Vengo a mi retiro feliz, en mi tierra. A saborear todo lo que ansiaba y a recordar cada uno de los rincones de mi patria en los que fui feliz. A conocer los que no conozco. A ayudar, si se me permite, a crear un estado nuevo, codo con codo con la nueva generación.

Vaya, grandes planes.

Y tú en ellos, si fuera posible. Quiero conocerte y reconocerte. Ya no eres aquella joven estudiante que dejé. Ahora eres una señora hecha y derecha que ha vivido una posguerra y que ha sacado adelante una familia.

Recuerda que yo estaba en el otro bando. Tengo menos mérito. Ganamos la guerra.

Por favor, ¡qué cosas dices!

Te hice reír.

Cierto. Yo tan serio que era entonces, siempre me sacabas la sonrisa. Veo que esa capacidad tuya no la has perdido.

Creo que ahora cuesta menos que antes.

La edad, que no perdona. Me hicieron más simpático los años. Mira: esa risa es lo que mas ansiaba y lo que más he añorado. Por volver a escuchar tu risa, todo vale la pena. Permíteme disfrutarla, no pares…

Exagerado. ¿Dónde te hospedas?

Cerca de la Plaza Urquinaona.

Ah, no estamos lejos.

No. ¿Por qué quieres cortarme? ¿Te incomodo hablando en esos términos?

Soy una respetable viuda.  

Perdón. Pero no puedo asegurar que no vuelva a ocurrir. Estás tan guapa. Más de lo que recordaba.

Para o me levanto y me voy. Y no volverás a verme.

Eres una mujer cruel. De acuerdo. No me propasaré.

Vale. Volvamos a nuestras historias. Me toca: me casé casi por despecho, por quitarme la tristeza de un plumazo. Pensé que así te olvidaría. No fue tan fácil, pero los niños llegaron rápido y los años de crianza se encargaron, sino de borrar los recuerdos, de mitigarlos, entre papillas, cambios de pañales y noches en vela. El tiempo pasa y es inexorable. No puedo negar que a veces me sorprendía pensando en que sería de ti, si seguirías con vida, o no. Fantaseaba que, a lo mejor, no volviste a por mí porque te atraparon y mataron en algún camino.

Pensé en volver una vez. ¡No te sorprendas! Estaba decidido a entrar en el país con la firme convicción de cumplir mi palabra. Pero me llegó la información de tu compromiso de boda. Hacia 8 meses de mi desaparición. Ibas a contraer matrimonio en apenas tres meses. No, no te apures, lo tenía bien merecido. Por no ser sincero contigo.

Aquí la vida seguía su curso. No me puedes echar en cara que continuara con mi vida, y si eso pretendes después de ser tú quien se fue sin dar explicaciones… Lo siento, pero en ese caso, ya hemos acabado con esta conversación.

¡No, por favor! No es eso. Te lo dije antes, nada más faltaría. Yo, al fin y al cabo, no era nadie. Y no soy nadie, ni ahora ni antes, para cuestionar tus decisiones.

¿Pues sabes qué en estos momentos saber eso me apena y me agrada por igual?

¿Saber que estuve a punto de volver por ti?

Sí. Es muy extraño. ¡Qué sentimiento tan confuso!

Podemos continuar lo que dejamos a medias.

¡No sabes de qué hablas!

Yo sigo queriéndote, más incluso. Con en el pasar de los años se ha incrementado lo que siempre sentí por ti. Y tú sientes algo, también, no puedes negarlo. Tus ojos son el reflejo. Me miras como entonces, aunque intentas parecer distante. No niegues con la cabeza, por mucho tiempo que haya pasado, aun te conozco.

No entiendo que pretendes, y casi que prefiero no hacerlo. Estás loco. Soy una dama, un miembro respetable dentro de la comunidad, no puedo comportarme como una cualquiera. Me debo a la memoria de mi marido. ¿Qué pensarían mis hijos?

No te pido nada más que retomar nuestra amistad. No busco ponerte en compromiso de ningún tipo. ¡Escucha lo que te digo!

¡No me tomes por imbécil! Sé que buscas algo, así que dime, ¿te vas a quedar mucho tiempo en Barcelona?

Depende de varios factores. Por motivos políticos, debería mudarme a Madrid. Pero, de momento, tú eres mi prioridad. Que me perdones por lo que hice y me aceptes en tu círculo. Que me permitas acompañarte en público en alguna ocasión, como amigo.

Pides mucho, demasiado. Y algo me ocultas, pero no me importa. Debo marcharme. En casa ya se preguntarán donde he estado tanto rato.

Tengo una curiosidad, ¿qué les dirás?

Que fui a la Catedral a rezar y poner una velita por la salud de una querida amiga de la familia. En pocos días auguro velorio.

Lo siento. Mala cosa. Pero no has ido a rezar por ella, y siempre fuiste muy piadosa. Aún puedo recordarte al salir de la misa de doce, con tu madre. Te observaba desde el callejón, hasta que tomabais un taxi en la esquina, ¿tú lo recuerdas? Tus ojos me dicen que sí. Me mirabas y sonreías. Me sabías mirándote.

Fui antes de venir a verte. Quizás recé algo menos de lo que confesaré ante mi hijo, pero no le estoy mintiendo.

¿Porque no quieres hablar del pasado?

No es buena idea.

Nuestro recuerdo es lo que somos. En los recuerdos más felices que tengo, estabas conmigo.

Me voy.

Dame otro rato. Déjame acompañarte a otro café. Solo uno más.

No vamos a volver a vernos. Ya puedes marcharte a Madrid. Nuestro momento pasó. No puedes venir y pretender avivar un sentimiento muerto hace tantos años. Es un imposible. ¡Suelta mi mano, por favor! Podría vernos alguien y me pondrías en un compromiso.

Tienes razón, perdóname.

Gracias.

¡Quiero volver a verte!

Adiós.

No me digas adiós. No te marches aún. Dame unos minutos más…

Ya te lo dije… Es demasiado tarde. Adiós.