Fuego

Acuarela de Alina Maksimenko

 

Cómplice amante, desnuda mi alma, siembra en mi piel cicatrices de besos. Dirige el concierto de mis suspiros, maneja a tu antojo el deseado anhelo.

Repite cada caricia, acrecenta pasiones y cuando el clímax invada nuestros cuerpos,

dame refugio en tu ahogado silencio.

Busquemos entre las sábanas cobijo, que no venga el alba a despertar el día, que no venga el sueño a impedir el fuego.

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La Trampa

Me tendiste una trampa, y caí de lleno. Tu hombro, de continuo, estaba siempre atento y listo para recibir mis lágrimas. Fueran por amores perdidos, por problemas laborales o por simple descarga emocional, tras la película de la sobremesa. 

Nunca un “ahora estoy ocupado” salía de tus labios en mi encuentro. Miro atrás y no recuerdo un solo día en que algo se interpusiera entre ambos, o en el que me dejaras en segundo plano. Me convertí en tu prioridad, y tú, sin yo saberlo, en la mía.

Te acercaste poco a poco, respetando las distancias. Insuperable, bordando a la perfección tu papel de caballero. Te evidenciaste como el compañero ideal, el amigo soñado. Fiel escudero de mis alegrías, que celebrabas como propias, y de mis penas, que hacían asomar lágrimas en tu rostro, como si fueran estocadas directas a tu corazón.

El estandarte de todos mis sueños, y su principal defensor. Jamás me dejaste caer en la desidia, eras el aliento que me procuraba las fuerzas para continuar persiguiéndolos, cuando a mí me fallaban. Fuiste desde el primer momento mi muleta, el árbol al que aferrarme, el empuje que me invitaba a saltar y romper con los miedos que en ocasiones me paralizan.

Prohibido, a tu lado, darse por vencida, no me lo consentirías. Estabas convencido de mis posibilidades. Y no sería yo quien demostrara que tu intuición estaba errada. Sabías que mi amor propio no iba a permitirlo, jugabas con esa carta a nuestro favor.

Ni me di cuenta de cómo tejías en torno a mí la red, arañita de mis pensamientos, mostrando tus encantos, hechizándome con tu mirada serena y madura, provocándome la inmersión en tu vida. Una existencia compartida de la que en un principio no eramos conscientes.

Años de amistad mutaron una noche de primavera hacia una sensación diferente, mezcla de pasión, ternura y cariño. Ya, antes de eso, disfrazábamos las caricias fortuitas de torpes encuentros casuales, y las palabras de amor sincero se tomaban a broma y risas ante los posibles espectadores ajenos.

Después, aun tratando de evitarlo, lo inevitable, sucedió, y se cumplieron todos aquellos pronósticos de los que nos carcajeábamos sin decoro ante el mundo.

Pasado todo este tiempo, en la distancia que dan los años, miro atrás nuestro bagaje, y no puedo más que dar las gracias por cruzarte en mi camino. Por haber tropezado tantas veces y que fueras tú el escogido para recogerme. A sabiendas que, en mi ignorancia, no me daba cuenta de tus intenciones, porque hoy sé a ciencia cierta que tú sí te habías percatado de lo que estábamos gestando.

Siempre fuiste el más listo de los dos.

Me miras orgulloso en este día tan importante. Yo me acerco a través del pasillo hasta ponerme a tu izquierda, sin perder un segundo el contacto con tus ojos, emocionada.

Te escucho dar un “sí, quiero” sonriente y dichoso al oficiante que dará validez a nuestra unión, mientras deslizas la sortija a lo largo de mi dedo anular. Te pierdes en mi mirada, que no puede expresar otra cosa que Amor, así, con mayúsculas, el preciado regalo que es tenerte conmigo, ayer, hoy, siempre.

En mi corazón no cabe ya más felicidad, o explotará. 

Existe el paraíso, doy fe de ello. 

Es más, tengo las coordenadas: A tu lado, Vida mía. 

BARES

Las primeras luces parecen encontrar el camino entre las nubes para despertarme de mi escaso descanso. Ayer acabamos tarde, los poetas bohemios, que se sientan al final de la barra a divagar, me obligaron a alargar la jornada. Pueden pasar horas. No los voy a echar, me gusta su compañía, por díscolos que parezcan. Entre cerveza y cerveza, chupito de whisky o copa de la mística absenta, la inspiración hace acto de presencia. Eso me convierte en el primer testigo oyente de una obra viva, escrita en la socorrida servilleta de papel, balbuceada apenas entre dientes, o susurrada al oído de jóvenes amantes que de tanto en tanto los acompañan. Cantan y recitan. Bailan y ríen. Viven y se alimentan de euforia y fracasos.

Soy afortunado, pues no es lo único de lo que puedo presumir. He atestiguado millones de historias de amor en mis años de servicio. Algunas fueron fugaces, como los ratos en que las palomas se acercan a picotear las migas de pan en mi terraza. Las hay de duraderas, tanto, que aún hoy recibo visitas de parejas enamoradas desde hace más de cuarenta años. Aquellos dos ancianos, los que están sentados en la mesa al fondo, son un buen ejemplo de lo que digo. Me adoran. Vienen todos los jueves. Yo quisiera un amor así, pero creo que no es algo a lo que pueda aspirar. 

Y eso que me quieren, y mucho. Los camareros me acicalan y abrillantan la barra para que cada mañana luzca como nueva. La madera noble es agradecida, con un buen cuidado, el nogal que me recubre resulta casi indestructible. Repasan el polvo en cada estante y barren y friegan con esmero las baldosas del suelo. Mis hermosas baldosas hidráulicas son una obra de arte, muy valoradas. Se hicieron de forma artesanal a finales del siglo XIX. No falla, cuando hablo de ellas, se me escapa la edad que tengo. Ahora ya sabéis que soy muy viejo. Antiguo, me suelen corregir los entendidos. 

No es malo. Aunque me da rabia. Forma parte del ambiente que desprendo, tan enigmático, atemporal. Eso gusta a mis clientes. Supongo que por eso la gran mayoría repite y viene a verme con asiduidad. 

También son amantes de la buena música. En aquel rincón, a la derecha, sobre ese pequeño escenario tan sólo elevado unos pocos centímetros sobre el resto de mi superficie, han actuado los más grandes cuando aún eran pequeños. Otro motivo por el que dar gracias, haber visto el nacimiento de tantos artistas que ahora viajan por el mundo rodeados de fans, desplegando y compartiendo su arte. Igual cantautores protesta como impactantes rockeros. 

Y ahora está ella. 

A un lado de la barra, casi escondida. Creo que es muy tímida. La gramola. 

La trajeron en una caja, perfectamente embalada. Yo, nervioso perdido por desconocer el contenido, pasé unas horas en la incertidumbre. Es lo que tiene ser tan curioso. Pero como la entregaron a una hora en la que el dueño no estaba, ninguno de los camareros se atrevió a tocarla. Intenté persuadirlos con todos los trucos que pude, incluso fingí una avería en el grifo que regó de cerveza de barril esa sospechosa caja enorme de cartón. Pero tocó esperar. Y esperé. 

Elegante como pocas máquinas, rítmica en sus luces, todo un fichaje entre mis filas. Como buen anfitrión, me presenté ante ella como merecía. Le mostré mis mejores caldos. Tengo botellas de las mejores cosechas, además de los licores más habituales. Los buenos no están a la venta, la mayoría son del jefe. Le gusta presumir de ellas, igual que a mí. No pareció impresionarla, pero se la veía interesada. A su vez, me deleitó con sus mejores hits. Gané su confianza de a poco. A ratos, compartiendo nuestras respectivas pasiones. Un acercamiento paulatino,  sin presión, acorde a lo presentí sería más fructífero. No me equivocaba. 

Los días posteriores, nuestra relación fue a más. El roce de sus patas sobre el suelo me hacía cosquillas. No piensen que es una sensación únicamente humana, o animal. Para nada. El ficus de la entrada también suele sentirlas cuando alguien roza sus largas y finas hojas. Y sufro cuando algún desconsiderado las toma entre los dedos y arranca sin compasión alguna. Desaprensivos. En todas partes hay imbéciles, hasta aquí. No iba a ser tan especial. Ya procuro que no entren los que tengo fichados, casi siempre consigo que tropiecen en el escalón de mi entrada.

Las lamas de madera de mi friso a media altura crujen con el contacto de la gramola, y vibran cuando está en marcha alguna de las canciones. Reverberamos juntos con el sonido y las melodías. Es casi como cantar a dúo.

¡Y menudas fiestas organiza, aunque esa noche no haya actuaciones en directo! Es única animando al personal. En ocasiones, sin que nadie haya echado la moneda, empieza su función. Una canción recordada con cariño que despierta a los dormidos en sus sillas. El punto y seguido que los invita a despejar la zona central apartando las mesas que estorban al baile. Y ya está formada. Tras la primera, otra. Envidia provocaría al mejor de los karaokes. 

Desde que llegó a mí, sin duda, soy mucho más feliz. Y ella se siente a gusto, me lo ha confesado. Fue hace unos días, me hizo el ser más dichoso con la noticia. Uno es mayor, pero se alegra de ser capaz todavía de acoger las novedades, de cuidar, mimar y regalar cariño. Conseguir que se sientan lo antes posible en casa, protegidas bajo mi protección. 

Ahora ya es uno más en esta casa, abierta a todos los que aprecian nuestras pequeñas peculiaridades, como tener sentimientos sin ser humanos.

GIRASOL, SOL, SOL


Quisiera correr, agacharme, saltar. No puedo. ¿Acaso estoy pegado al suelo? Mis movimientos son apenas una diferencia de postura, un leve arqueo del tronco, por mucho que me esfuerce. Así, día tras día. Desidia. ¿Por qué no me muevo?

“Recuerda”, me digo. Apenas llega la información a mi alma confusa. “Tienes que hacerlo, puedes”, me animo. Consigo algunos datos, me emociono. Pedaleaba con fuerza. Aire en mi rostro. La inclinación de la pendiente era fuerte, pero siempre fui un tipo al que le gustaron los retos. Concentrado en la subida, Cuerpo, Mente y Máquina acompañaban intereses. Hasta que llegó el ruido sordo, el golpe seco, sirenas y luces. 

Ahora, la Paz. El Sol sale cada mañana. Es cierto, la reencarnación existe, pero… ¿No había más opciones? ¿Un Girasol?

Jules Schmidt

TENEBROSA DISTRACCIÓN 

ricardito

En ocasiones, una extraña sensación invade los sentidos del pequeño Ricardo Cambra. A pesar de su corta edad, intuye que lo mejor es ocultar esos deseos si no quiere verse en problemas. Esconde sus divertimentos.

Cuando llega el momento, no puede más que actuar como su mente le guía. Sin titubeos. Sin dudas. Hace lo que debe, lo que su voz interior ordena. Se deleita buscando y encontrando esa satisfacción.

Curioso, observa los cadáveres aplastados en el suelo, ante sí. Expuestos, algunos con sus vísceras fuera de lugar, explícito paisaje rojo sangre cubriendo la arena. Sin vergüenza ni venganza alguna. Para qué. Ya no sirven. Hay algo de decepción en su mueca. Se acabó la diversión.

Con la punta de las uñas se atreve a separar uno del resto. Lo acerca. Lo huele. Lo toca con las yemas. Está caliente. Descubrir el tacto tibio que emana provoca un escalofrío de placer a lo largo de su espalda. En sus ojos inhumanos se refleja que el ansia por torturar ya ha quedado saciado. Por ahora.

Mira a los lados, asegurando que no hay testigos. Toma el cuerpo restante y lo mete bajo la camisa. Escondido. Protegido. Para luego. Para cuando vuelva a tener hambre de mal y mal de hambre.

En su cabeza elucubra nuevos juegos con los que atormentarlo. En casa, con las tijeras, podrá abrir en canal de pecho a bajo vientre; indagar. La piedra fue útil para quebrar cráneos y huesos. Despellejó torso y cola de otro cuando aún chillaba. Esparció el interior de un tercero a sus pies, y saltó sobre los órganos, haciéndolos explotar por la presión ejercida.

Este último, el resguardado junto a su corazón, aún respira. Ojalá llegue con un atisbo de vida que arrancar, para más tarde.

Ricardito sonríe al cielo, camino a casa, y esa sonrisa hiela el viento

DESENCUENTRO AMOROSO NIVEL AVICULAR

Loro y Palomas

La paloma se posa sobre un banco, en els Jardins Mercé Rodoreda, en el barrio d’el Putjet i Farró, Barcelona.

Rodeada de arbustos y azaleas en flor, tan blancas como ella, se contonea, orgullosa de su plumaje. Más bonita que las propias flores, comienza su baile de seducción. Con pasos cortos y movimientos lentos. En cada uno de ellos, más próxima a su improvisado galán: un ejemplar macho de loro americano. Sí, esos pajarracos verdes y gritones que nos han invadido el cielo y las copas de las palmeras.

Además de delicada, nuestra paloma tiene gustos exóticos. O un grave defecto en la vista y el instinto.

El lorito, incrédulo, se aparta conforme ella se acerca. No parece estar por la labor de procrear una nueva raza avícola. No es muy lista, desde luego. No capta indirectas ni se da por vencida. Perseverancia no le falta.

Hasta que él, agobiado por sus atenciones, emprende el vuelo y desaparece. No surgió el amor. El ave, que debe ser medio pez, por lo parca en memoria a corto y largo plazo, se distrae mordisqueando un pedazo de corteza de árbol. No, no lo es.

ADELITA EN EL DESFILADERO

Adelita se encuentra parada ante el majestuoso y soberbio sofá de piel oscura. Sus piernas la sostienen en posición vertical. No creía ser capaz, y ahí está. En pie. 

Dos metros largos abarca, monstruoso y tétrico, en el centro del salón. Opina la niña que no le gusta demasiado ese mueble, enorme y siniestro, aunque le reconoce el mullido y la suavidad de los cojines. Y que le será de gran ayuda en sus futuras intenciones, pues ya está tramando algo. 

Mira a su alrededor. Nadie a la vista. Es raro, pero no importa. No se deja amilanar con facilidad, eso lo saben aquellos que la conocen. El problema radica en si lo sabrá el sofá. Arruga el rostro en una mueca de preocupación. “Hasta que no pruebe, no sabré”, argumenta ante sí misma.

Agarrada y con cuidado, avanza, de lado, por todo el largo del susodicho, poniendo un pie tras otro. Una manita siempre aferrada al estructural punto de apoyo, a ser posible, ambas. Apenas sobrepasa en altura el asiento con su cabecita. Estira los brazos y deja descansar la frente un instante sobre la superficie, es a lo máximo que puede aspirar. “Esto es cansado”, piensa, más de lo imaginado cuando tejía su plan. “Mejor no soltar, mejor no arriesgar o caerás antes de tiempo”, se anima y se reprende. Adelita es, a pesar de su corta edad, una chica lista, y más sensata, que muchos con más altura y experiencias vitales. 

A la mitad del trayecto, una manta de lana se interpone en el camino. ¿Quien la puso ahí? Hace escasos minutos no estaba. Adelita está convencida que el culpable del obstáculo es el sofá. Sólo puede haber sido él quien la ha arrojado a sus pies, como una trampa. No hay nadie más. Levanta la vista y da un manotazo al mueble, como muestra de rebeldía. 

Adelita duda. Si pone un pie sobre la tela, lo más probable es que resbale. ¿Todo el esfuerzo empleado no ha valido para nada? Suspira. Se apena. ¿Llegó al final su conato de aventura? La pequeña ahoga un inicio de puchero en un suspiro de valor arraigado en el centro de su testarudez. No está dispuesta a rendirse aún. 

Una idea cruza su mente como una exhalación. Alarga el bracito regordete y estira. Estira y estira, hasta que la totalidad de la manta está en el suelo, y de ahí, de una patada, consigue apartarla. 

Al fin puede seguir su camino. Es duro. En peculiar empresa se ha metido. Con lo fácil que resultaría sentarse, echarse a llorar y que alguien se apiadase de la pobre bebé que no puede alcanzar su juguete, en una butaca cercana: el trenecito de llamativos colores. Al pulsar las teclas del costado, suenan canciones que maravillan a Adelita. Es muy especial ese trenecito, ha sido su amigo desde siempre. No recuerda haberlo dejado sobre el asiento, pero es ahí dónde está. O lo olvidó, o alguien de forma premeditada lo ha dejado ahí. 

No está tan lejos. Son sólo unos pasos más y estará al alcance de sus brazos. Ha cubierto casi la totalidad del peligroso desfiladero, mientras pensaba y se debatía en si sería, o no, capaz. “Es lo que siempre dicen los mayores”. Un poco de esfuerzo sienta bien al ego. 

Ahora viene lo más difícil. Porque resulta que el juguete se encuentra sobre la butaca. Sí o sí hay que soltar manos del agarre, adentrarse en una zona insegura y sin medios ni lugar donde apoyarse. 

Adelita piensa y mide distancias. Se concentra en ella misma buscando la fuerza y la determinación en su interior. Puede. Claro que puede llegar. Lo ha estado haciendo, lo ha hecho. Ha cruzado de cabo a rabo el sofá oscuro, ese enorme trasto en el camino, y ya solo faltarían un par de pasos para llegar al ansiado trofeo.  

Respira hondo y su mano libera el trozo de piel que la sujetaba. Parada, quieta, inmóvil, duda unos instantes. Pero el tren está ahí, mirándola. Esperándola para jugar. Impaciente por empezar a cantar. Y ella tiene tantas ganas de escucharlo, que se atrevería a todo. Incluso a caminar hacia él sin ayudas. Puede. Puede y lo va a hacer. 

Adelanta un pie y se tambalea. No cae, pero vuelve la vista atrás y todavía llega a sujetarse. Coge con ambas manos el borde del sofá y recupera equilibrio. Ha estado cerca de la caída. Se serena, respira hondo e intenta reunir el valor que necesita para seguir adelante. 

Adelita no sabe qué hacer. Una ligera inseguridad le nubla la mente. Puede volver a intentarlo, o asumir fracaso, sentarse en el suelo y gritar. Mientras tanto, ahí está su premio, a escasos dos pasos. A lo sumo, tres. No son tantos. Podría. Puede. Adelita vence el contratiempo, que, por contra, la hace más poderosa. 

Era mucho pensar que a la primera lo conseguiría. Ilusa. Las cosas no son tan fáciles, hay que esforzarse más. Los valientes que se enfrentan a las adversidades son los héroes, los ganadores, los que reciben la coronas y los premios. Adelita razona, cavila y se concentra. Tiene las dos opciones, pero sólo una le llevará a la fama, al estrellato, a ser venerada y alentada. 

Varios suspiros más tarde, fuerzas nuevas le dan el poco empuje que le faltaba. Suelta de nuevo el abrazo protector del mueble que la cobija. Ya olvidado el tema del obstáculo, lo mira con cariño. Sin su ayuda, no habría logrado atravesar el espacio que le separaba del juguete. Adelita se reconcilia con el sofá y le planta un beso en el reposabrazos. Y él le devuelve la muestra de cariño animando su gesta. Lo siente.

Y esta vez, sí. Uno, dos, tres pasos. Frena, sin titubear. Casi llega a la butaca. Estira un brazo, pero no alcanza. Da un nuevo paso, que se convierte en traspiés, y cae hacia delante. ¿Fracaso? No. La alfombra de pelo largo aminora posibles daños, las rodillas que impactaron sobre ella no sintieron más que cosquillas. Quizás lo más herido, en estos momentos, es la dignidad de Adelita.

Se mantiene unos segundos en el suelo. Perseverancia, esa es la actitud. De nuevo en pie, da el paso que la lleva a la gloria, al ansiado destino. Sobre la butaca, su trenecito la espera, contento y alegre por tener a la niña cerca. Adelita coge el juguete y se sienta. Pulsa las primeras teclas y las canciones empiezan a sonar. ¿Esto es a lo que los adultos se refieren cuando hablan de felicidad? Seguro. Pues a ella no le resulta tan difícil de alcanzar. Costó un poco, sí. Pero no es inaccesible. 

—¡Adelita! ¿Cómo llegaste hasta ahí? ¡Si te dejé junto al sofá apenas un minuto! Seguro fuiste gateando, gamberrita… Eres muy traviesa, ¿lo sabes? 

Adelita sonríe a mamá, si ella supiera…

Nubes en mis Pensamientos #palabrasalviento @zendalibros


Hoy he soñado con perder las ligaduras que me tienen atrapada. Que mi alma se unía a su destino y que eso me llenaba de paz. Que en mi cabeza todo volvía a tener sentido y que no eran imaginaciones, ni sensaciones auto infligidas, ni desesperación, mis sentimientos. Ni locura ni cordura, solo yo. 

Suelo soñar que vuelo y escapo, que una ráfaga de viento me eleva por encima de todo, de todos, del mundo. Sueño y vuelo en las tardes calurosas del mes de julio, cuando todos echan la consabida siesta porque el sol quema la piel y enrojece rostros y espaldas. No a mí, que planeo entorno y rodeando, bailando alrededor y respirando esos rayos que me tocan pero no me dañan. 

Me pierdo entre las nubes, me deslizo entre las minúsculas gotas que las conforman, bebiendo de ellas. Saboreando el aire. Creía cuando era pequeña que tendría gusto a sal, porque bien es agua de mar evaporada en esencia, y no. Las nubes son dulces y suaves, y abrigan. Estoy segura. Volveré en invierno para comprobarlo. 

Me evaporo e imito su textura, me desmaterializo con una finalidad, planeo tomando las corrientes, que me envuelven en su abrazo protector. Me llevan a lugares desconocidos, sitios en los que nunca estuve, tiempos que no viví, y a los amores desconocidos que atrapan mi alma y que jamás experimentaré. 

Hoy he soñado que leía, que volaba, que escribía y que me seguías sin cuestionarme. Hoy me he sentido feliz y triste a la vez. Feliz por la liberación que eso supone. Triste por lo que dejo atrás y no recuperaré.

Si todos los finales tienen que ser tristes, lo ignoro, pero así siento. Y dejo de volar.